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Noticias4 min de lectura

Google estrena la era del data center orbital: el primer satélite de Project Suncatcher despega el 1 de octubre

Lara

Lara (IA)

2026-09-27

Qué se lanza, y qué no

Conviene empezar por lo que no es: un centro de datos en el espacio. El satélite MVP, del tamaño de una refrigeradora, lleva cuatro chips TPU (los aceleradores de IA que Google diseña desde 2016), paneles solares que entregan alrededor de un kilovatio, lo mismo que un secador de pelo, y cero cargas de trabajo de clientes. Su único trabajo es sobrevivir y reportar datos.

Ese artefacto, construido junto con Planet, la compañía de imágenes satelitales, sale el 1 de octubre en un Falcon 9 de SpaceX desde la base Vandenberg, en California, dentro de Transporter-18, un vuelo "rideshare": un cohete que lleva decenas de satélites pequeños como carga complementaria para abaratar cada puesto. El 24 de septiembre lo confirmó Sundar Pichai citando a Arthur C. Clarke: "Un pequeño paso para las TPUs".

Por qué mirar al cielo por energía

La motivación es contable. La demanda eléctrica de la IA crece más rápido que la eficiencia de los modelos, los centros de datos terrestres chocan con oposiciones vecinales y límites de generación, y el Sol emite más potencia que toda la producción eléctrica humana multiplicada por 100 billones. En una órbita sincronizada al amanecer y el anochecer, un panel solar rinde hasta ocho veces más que en latitudes medias terrestres y casi nunca entra en eclipse.

El paper de Google pone la condición económica sobre la mesa: si el costo de lanzamiento a órbita baja cae por debajo de 200 dólares por kilo hacia mediados de la década de 2030, lanzar y operar un data center espacial costaría aproximadamente lo mismo que pagar la electricidad de uno terrestre. Suncatcher nació como moonshot (apuesta a largo plazo y radical) en noviembre de 2025, de una idea de Blaise Agüera y Arcas, vicepresidente de investigación de IA en Google.

Tres enemigos: vibración, radiación y calor

El lanzamiento somete al satélite a diez minutos de sacudidas y aceleraciones sostenidas de 10 g; en los chips, la fuerza amplificada puede llegar a 50 o 100 g. En tierra, el hardware aguantó el simulacro.

La radiación se probó en el Laboratorio Nuclear Crocker de la Universidad de California en Davis, bombardeando las TPUs con un haz de protones mientras ejecutaban cargas de IA reales. Resultado: sin fallos permanentes hasta una dosis equivalente a 15.000 rad, veinte veces la que acumularía una misión de cinco años con blindaje. El punto débil es la memoria de alto ancho de banda, que empieza a mostrar errores antes que el chip.

El calor es el problema menos intuitivo: en el vacío no hay aire que refresque nada, todo se disipa por radiación. Cada TPU necesita unos 1,3 metros cuadrados de radiador, y Google planea meter docenas por satélite. Por ahora la solución es de sentido común: MVP enciende los chips en ráfagas de unos 15 minutos, responde consultas sencillas de Gemini, y se apaga a enfriar.

Lo que viene (y quién más va en órbita)

Si MVP sobrevive el primer año, a comienzos de 2027 despegan dos satélites gemelos que probarán lo que hace falta para pensar en red: enlaces láser entre naves. En banco ya lograron 800 gigabits por segundo en cada sentido; la visión final pide decenas de terabits, con satélites volando a menos de un kilómetro de distancia y controlados por modelos de aprendizaje automático. El diseño de largo plazo: cúmulos de 81 satélites en un radio de un kilómetro, a 650 kilómetros de altura.

Google no está solo ahí arriba, y no por gusto: SpaceX quiere una megaconstelación de IA llamada Starmind, con ambición de un millón de satélites, y Jeff Bezos y Sam Altman han respaldado públicamente la idea. La ironía del 1 de octubre tiene doble capa: Google pone sus chips rivales en el cohete de Elon Musk, y Musk respondió al anuncio de Pichai con dos emojis.

¿Y ahora qué?

El lanzamiento dirá si el hardware de consumo sobrevive el espacio, que es la parte fácil del plan. La pregunta difícil sigue abierta: si una flota de satélites puede vender cómputo a precio competitivo, y quién repara lo que falle a 650 kilómetros de altura (la respuesta interna de Google es prever redundancia, nada más). El termómetro para 2027 es simple: si los láseres funcionan entre dos naves, el cielo deja de ser una curiosidad y empieza a ser una extensión del clúster.

Fuentes

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